Doble-pestañear (adiós a otro yo).

Ni siquiera recuerdo cuándo comencé a cambiar mi visión del mundo, no sé desde qué momento vivo fijándome en las pequeñas cosas. Quizás sea la mayoría de edad, el tempus fugit, que me persigue como un fantasma al que no puedo ver pero que siento cerca oprimiendo mi corazón.
Quizás sea, simplemente, que me he redescubierto, que ha llegado ese momento ya vivido anteriormente que me desconcierta de una manera exagerada pero que, a la vez, hace que me quiera un poquito más.

Posiblemente me haya perdido mil y una pequeñas cosas mientras intentaba captar otras tantas pero jamás había visto el mundo tan mío.
Recuerdo haber tenido algún que otro día gris y no haber podido sacarles nada de color, nada especial; sentía que cada día era la misma larga y aburrida historia de siempre. Sin embargo, ahora busco hasta la mínima cosa que me sirva de excusa para llevar una gran sonrisa durante todo el día.

Me alegra llegar al cruce de camino al metro, el mismo camino de siempre, y que el semáforo esté verde; me arregla el día que alguien me regale una mirada de felicidad un lunes por la mañana, y me llena de amor que en cualquier momento alguien me diga que me quiere, porque nunca está de más.

Me he dado cuenta de que ahora abrazo con más cariño que nunca y que no me enfado por cosas sin importancia, por mucho que quiera mantener mi niña interior. Ahora mido al milímetro el momento preciso para decir “te quiero” y he aprendido a respirar hondo para aguantar las lágrimas cuando el mundo se merece una sonrisa.
Nunca había apreciado tanto una noche de viernes o una tarde de sábado estando con las mismas personas de siempre, porque ahora veo mejor el brillo que desprende cada uno.

He revivido sensaciones que había medio olvidado viendo un programa de música, sabiendo que mi sofá no era el lugar adecuado para cantar a gritos las canciones que sentía como mías. Fue como si hubiese vuelto a bailar con S. el rock and roll de aquel día que "doble-pestañeé" para guardarlo por muchos años.
He preferido quedar conmigo misma hasta pasadas las doce un domingo por la noche. Me he abrazado con la mirada, sin miedo a perder, mientras escogía mis mejores prendas para cambiarme rápidamente y quedarme todo el tiempo del mundo mirándome en el espejo porque ese domingo por la noche veía en mí algo especialmente bonito.

Hoy siento que me conozco más que nunca, y he decidido mostrar la mejor versión de mí.
Estoy en el metro de vuelta a casa y salgo con la sensación de haber descubierto un mundo al verme tan sumergida en esta historia y sentirme tan decidida a contar una parte de mi vida relativamente nueva para mí.

7/3/2016



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