El caos que es la vida.
Arriesgar para ganar. O no.
La vida es un juego, pero no de
esos juegos con los que se te arrugan los ojos de tanto reír y tampoco de esos
que se hacen muy largos y tienes que guardar la partida para el día siguiente,
ni siquiera es de esos juegos en los que te enfadas porque siempre gana otro. No, nada
de eso. La vida es un juego en el que siempre se pierde sin importar la
partida; es comparable a una ruleta rusa porque cada día, cada hora, cada
momento… aprietas el gatillo y nunca sabes si será lo último que acaricies.
Muchos hablan de suerte, ¡Ay! la
suerte… si realmente todo girara entorno a ella más de uno habría caído en la
primera ronda, y es que la suerte no es más que un fantasma que jamás ha pasado
y que nunca ha cogido de la mano a nadie. Nunca, aunque muchos crean que sí (y
pobre del que lo crea). En este loco juego la suerte nunca está de tu parte, de hecho nunca está, y
no todos tienen las mismas oportunidades de seguir jugando, aunque pocas veces
nos preguntemos el porqué. Se me encoge el corazón al pensar que hay personas
que ni siquiera tienen una sola oportunidad de apretar el gatillo, que se
aventuran a jugar y no son capaces de aguantar la primera ronda sin acabar
perdiendo. Aunque realmente no sé qué es lo mejor, quizás aquellos que no
juegan a desafiar al caos que es la vida son los más afortunados, porque saben
que en este juego no tienen cabida las trampas y que aunque hayas jugado muy
bien al final siempre pierdes.
Es por esto que, aunque el final
del juego sea el mismo para todos, yo ya me he cansado de apretar gatillos, de
acariciar el jaque-mate continuamente, me he cansado de arriesgar y pienso que muchas
veces gano así. Se me marchita el alma porque al final ya no estoy segura de si me pertenece
a mí o toda mi vida está al servicio de un algo o un alguien que juega por nosotros.
No sé cómo deshacer del nudo que me ata las manos y el hecho de no sentirme dueña de mi vida me nubla las ideas y me araña el
corazón.
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| 18/5/2016 |

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