Lo que no me atrevo a decirte.


Siempre quise ser ella, incluso cuando no te conocía me moría por ser aquella guitarra blanca que te lleva a la locura, que hace que levites cuando rozas sus curvas y que entres en un estado de éxtasis cuando la escuchas. Quise ser ella porque sé que el amor son tus manos pasando por las cuerdas, es tu pelo enredado cada vez que te retuerces con su tacto, es tu ceño fruncido cuando escuchas sus notas agudas.

Un día vi cómo la cuidabas antes de amarla y la chica con pelo de fuego y botas de fuerza también. Qué bonito, cómo tanteabas esas curvas tan peligrosas para ti con una sonrisa, que es la curva peligrosa para mí, y cómo afinabas las cuerdas que poco después te harían perder los papeles y creí ver todo lo que define amor.

Tocabas la guitarra, le dabas amor y ella te quitaba el sentido. La chica cantaba, te miraba con amor y tú la mirabas enamorado y yo, que creía haber visto el amor en el tacto de tu guitarra, miraba tu sonrisa lanzada a la chica y me perdía.

Quise ser la chica porque supe que el amor era su sonrisa frente a la tuya, su voz con tu guitarra, sus ojos puestos en ti y los tuyos en ella. Vosotros enamorados y yo, que entendí que amor no es sólo el tacto de tu guitarra, perdida en la curva de tu sonrisa.







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